Un día como cualquiera
Me harté. Me desperté por la mañana sabiendo que ese día no iba a ser como el resto. Decidido, temerario, cuando saqué mi pie derecho de la cama y lo apoyé sobre la alfombra, sabía, sentía (mientras cada célula de mi cuerpo coreaba mi nombre con la entonación de la hinchada de Platense), que mi vida, nuestra vida, si se podía llamar así, no podía continuar de esta forma. Hay prioridades, hay valores, hay placeres. La existencia no es solo hacer guita, no señor, para nada. Tampoco es andar persiguiendo grandes verdades en tomos mugrientos que nadie lee. Eso es para giles (Ale! Ale! Ale!, la verdad que con una hinchada como esa uno se siente un puntero peronista).
Entoces, por la tarde, cuando decidimos invertir unos cuantos mangos en el supermercado, encaré a una inglesa con cara de otaria y pocas respuestas detrás de un mostrador, que impacientemente, me mió analizar la vitrina. Cuando levantó la ceja le señalé un pedazo de carne. Roja. Cara. Imposible de identificar. Indiferente, me pregunta cuanto quiero. Sonrío por lo bajo gozando mi triunfo, confiado, lleno de testoesterona. "The whole thing". Juro que durante una fracción de segundo ví el rostro de la mina sonrojarse ante mi inexpugnable demostración de hombría. Si, todo pibita, me escuchaste bien.
Al llegar a casa saqué la cuchilla. Ella, tanto como yo, sabía que era su destino. Sin saberlo,
alguien en la China la había construído pensando en este momento. Su existencia y la mía se entrelazaban en este punto del espacio-tiempo, hasta Borges estaría orgulloso, cuando, con la dedicación de un neurocirujano, comencé a filetear la carne. Es posible que si hubiese sido neurocirujano el tipo hubiese perdido el habla y parte de su infancia.
Pero no importa. Huevo, orégano, pimienta, un pan rallado que hubo que ir a buscarlo a la sección de aderezos (sí, acá es así), aceite burbujeante; sí, sí, luego de cinco meses, he logrado hacerlas volver: milanesas.
Simplemente, una fracción de cielo.
Entoces, por la tarde, cuando decidimos invertir unos cuantos mangos en el supermercado, encaré a una inglesa con cara de otaria y pocas respuestas detrás de un mostrador, que impacientemente, me mió analizar la vitrina. Cuando levantó la ceja le señalé un pedazo de carne. Roja. Cara. Imposible de identificar. Indiferente, me pregunta cuanto quiero. Sonrío por lo bajo gozando mi triunfo, confiado, lleno de testoesterona. "The whole thing". Juro que durante una fracción de segundo ví el rostro de la mina sonrojarse ante mi inexpugnable demostración de hombría. Si, todo pibita, me escuchaste bien.
Al llegar a casa saqué la cuchilla. Ella, tanto como yo, sabía que era su destino. Sin saberlo,
Pero no importa. Huevo, orégano, pimienta, un pan rallado que hubo que ir a buscarlo a la sección de aderezos (sí, acá es así), aceite burbujeante; sí, sí, luego de cinco meses, he logrado hacerlas volver: milanesas.
Simplemente, una fracción de cielo.

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