Teardrops y la suba del colectivo

Todavía leo el diario a la mañana; prendo la compu y reviso Crítica, Clarín y La Nación. Supongo que me sirve para mantener una noción de familiaridad. También leo la BBC pero no me identifico con los problemas, todavía me suena lejano, foráneo. En realidad me concentro en las notas cataclísmicas sobre la economía británica y que nueva gran empresa despidió unos miles de trabajadores. Con eso ya me empiezo a preocupar.
Y entonces empieza un juego macabro para lo cual el argentino, y el porteño en particular, tiene una predisposición innata. O talvez soy solo yo, que es lo más probable: preocuparme por el mañana y no poder disfrutar el hoy.
Y entonces pienso que, mientras miro como llueve por la ventana, una lluvia rutinaria, ni molesta ni intensa, ni necesariamente fría ni un goteo refrescante, una lluvia por hábido, chata, gris, adhesiva, que debe haber conformado el espíritu anglosajón a lo largo de varios milenios y que de alguna manera se adecúa con la moralidad británica, impersonal, "polite", silenciosa salvo bajo la alienación etílica, esta isla tan extranjera para mí como yo para ella tiene, en algún sitio, un lugar para mí. Que mientras la lluvia cae, y mis pounds en el banco caen, decisiones me acercan a un futuro que desconozco, a un nuevo hogar, a nuevas personas, a nuevas experiencias. Y arriba de tal incertidumbre, la idea siempre de volver y reecontranse con las personas que hacen que uno pertenezca.
Sin embargo, hoy, y así los próximos meses, años, esta isla, this England, es nuestra casa. Ya la vamos a encontrar menos gris, más bulliciosa, más rutinaria. Y que siempre voy a poder volver a mi Buenos Aires querido.
Así que ahora me voy a tomar un café y a leer un libro de la pila que mira la ventana llorosa.

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