Resilience. O crecer a secas.
Nací en la Patagonia, allá a donde el viento determina una Fashion trend muy particular que sólo un patagónico puede entender.
De chica era llamativamente pelirroja, muy blanca y pecosa. Motivo por el cual tuve algunos apodos que por suerte decantaron en el simple “colo” y hoy por hoy se desvanecieron un poco con las tinturas.
Mi italiana familia se desplegaba en un radio de 5 cuadras a la redonda de mi casa por lo cual mi madre determinó mucho antes que yo pudiese comprenderlo siquiera, que mi destino era estudiar en otra ciudad y en una universidad prestigiosa bastante lejos de ese espacio controlado.
Descoloqué un poco a mis padres con mi poco clásica elección de carrera, y a dos meses de cumplir 17 años emprendí la aventura de dejar las comodidades de mi comfortable hogar para comenzar a lidiar con el desafío de enfrentar las nimiedades de la vida cotidiana en soledad. En una primera instancia al menos. Porque mi soledad era relativa. Mis padres me llamaron casi (porque ser taxativa me parece que puede sonar exagerado) todos los días de mi carrera para despertarme y hacerme participar del ritual del desayuno que siempre fue el momento familiar. En ese particular momento, cada uno repasaba los “highlights” de su día y nos aconsejábamos según el caso. Lo seguimos haciendo y hoy por hoy, incluimos alguna frase de papá como asegurando su participación.
Luego vino Buenos aires, porque La plata me aburría con su calma dominguera semanal y sus fiestas de diseño en el Jockey Club. Para después dar paso a un año viviendo cerca de una planta industrial de Lunes a viernes. Todo porque me pareció “simpático” el desafío de lo desconocido. Algo que volvía a asombrar a mis padres. Más tarde vino Lancaster, su frío polar, su inglés cerrado y su luz a cuentagotas. Londres con su constante lluvia, su tableta de chocolate diaria, las largas caminatas y su oferta cultural impresionante. [Estoy convencida de que sin ese clima, la investigación se iría a pique en aquella parte del mundo. Debe haber alguna relación entre el porcentaje de investigadores y la carencia de luz de esos países.] Desde mi vuelta a Buenos Aires tuve una importante dosis de mi adorada Latinoamérica en mi trabajo y por ahora resistí el cambio de residencia hacia otro punto de la región.
Sentí mi casa a Buenos Aires y a Londres. Pero de cada lugar me traje muchas cosas, aprendí, absorbí, comprendí, me asombré. De cada lugar me llevé mucho más que recuerdos y experiencias. Cada lugar me cambió de una forma radical y reafirmó mi resilience, mi capacidad de reacomodarme ante el cambio de plan, de contexto, de códigos. Resilience es una palabra riquísima. Sintetiza una característica única. Que si no se tiene, cuesta educar.
En estos años aprendí a disfrutar el descubrir los códigos de cada lugar, a comprender las motivaciones, las historias detrás de las personas y sus nacionalidades. Las tristezas imperceptibles, intrínsecas de la historia colectiva. Aquel arraigado sufrimiento que se podía sentir en pocos segundos cuando debatíamos en la universidad con un ciudadano de Europa del este. La empatía con el goce de la comida con un italiano, la alegría por la simplicidad de compartir la tarde con un brasilero, las pintas con un inglés; y salir de rumba con un colombiano. Los silencios con un musulmán, la particular cadencia al hablar inglés con un asiático. Y asi podría seguir enumerando.
Resilience es la característica necesaria para dar un paso genuino hacia adelante. Para crecer en el sentido profundo de la palabra, no en el inevitable sentido cronológico. Para evolucionar, a fin de cuentas.

Comentarios