Sorpresas y rutinas de Buenos Aires
Los días anteriores al viaje de vuelta a casa fueron infiltrados por una sutil ansiedad: qué vería distinto al llegar se volvería una pregunta recurrente, seguida de manera inmediata por dos posibles premisas. La primera, qué es lo que habría cambiado y que yo notaría después de dos años y tres meses fuera. La segunda, mucho más preocupante para mí, si eso que yo notase sería producto de efectivos cambios en la ciudad o de cambios en mí, en mi percepción de las cosas. En definitiva, el ingenuo dilema de si sería la ciudad quien cambió, o sería yo mismo.
Como es habitual la respuesta no se aloja en ninguna de las alternativas. Luego de un desagradable viaje a casa lleno de preocupaciones, y perdiendo las valijas de la misma manera que dos años y tres meses atrás en nuestro trayecto de ida, llegamos a tierras rioplantenses. Sin embargo el primer reencuentro con algo olvidado no se produjo en la interminable Buenos Aires, sino en la pueblerina Montevideo unas horas antes. El brillo de sol, de ese sol de mediodía de enero encendido como un reflector en línea recta a nuestras cabezas, me deslumbró. Un día claro, perfectamente celeste, infinito, puro, solo era interrumpido por esa fulgurante aura clavada en el centro. Fue exactamente la sorpresa que se sienta al poner un foco más potente en una vieja lámpara y descubrir nuevos tonos y colores, como cuando se escucha música en auriculares de alta calidad y se notan instrumentos y acordes ocultos, armónicos que se entrelazan en un fondo antes inexistente. Así fue: había vivido dos años y tres meses bajo una lámpara de 20 watts de bajo consumo y de repente alguien encendió un reflector.
El segundo evento se produjo al segundo día de haber pisado, ahora sí, tierras porteñas. Caminaba por Santa Fe cerca de Juan B. Justo, a metros de Plaza Italia y a cuadras del departamento que nos habían prestado. Me impactó el volumen del ruido en la calle. Está bien que esa zona no se caracteriza por su silencio, pero esto era distinto. Colectivos con motores rugientes y caños de escape escupiendo humo oscuro como dragones fumadores, taxis y conductores impacientes que tocan bocina ante cualquier detalle, conversaciones a todo volumen, el tren en el fondo pasando por puente Pacífico, motos, gritos, una conjunción de sonidos subidos de escala. Londres es silenciosa. Hay tráfico, mucho por momentos, pero los sonidos son chatos, modestos, tímidos. Los colectivos son nuevos y solo emiten un zumbido discreto, lo taxis no corretean, nadie siquiera piensa en tocar la bocina. La gente conversa pero por lo bajo, a lo inglés (a menos que sea de noche y estén ebrios, ahí sí se grita, se canta y se empuja). El día anterior a la vuelta ví el medidor de ruido de la calle ubicado frente al Malba: en ningún momento el primer nivel, verde, dejaba de estar completo, y oscilaba sobre el amarillo intermedio: estoy seguro de que haber sido calibrado aquí bailaría en el rojo.
Esas fueron las principales sorpresas. Lo tercero fueron los precios. Ya acostumbrado a pensar en libras esterlinas, sin dólares ni pesos, y con la memoria de los valores del 2008, me tomó un par de días darme cuenta del impacto de la inflación. El billete de dos pesos se había vuelto una pseudo-moneda, y sin la resistencia del metal, andan ahí, todos arrugados y deshechos. Un alfajor a cinco pesos. Un café a ocho. Nadie vacila ya en cambiar cien pesos, otro evento curioso que me sorprendió cuando atemorizado entraba a comprar tarjetas telefónicas a los quioscos. Ya me habían avisado igual pero no deja de llamar la atención: en muchas cosas Londres ya no parece tan caro y hasta puede ser más barato: la leche sale en doble en el país de las vacas que en la isla estrecha, la ropa, las zapatillas, las cervezas artesanales. No conseguí jugo Tropicana y ya no se vende Guinness ni siquiera en los bares irlandeses. En transporte aumentó pero sigue siendo regalado, y curiosamente, viajar en taxi se mantenía en niveles ligeramente superiores a lo que yo recordaba. Esto me preocupa bastante. Se hizo claro lo volátil e impredecible que se vuelven los costos. Comparado con Argentina los precios acá son más predecibles, casi todo sale más o menos lo mismo, lo barato se entiende barato, lo caro se reconoce como caro. Y así se mantiene. Después me sorprendieron los mercados en la calle: Florida ya se hace más latinoamericana con la gente vendiendo boludeces a lo largo y ancho, también pasa sobre Callao y nadie se sorprende. Otra cosa a estar atento: es un síntoma de algo que se cocina y no huele muy bien. Tampoco huele bien la basura en el microcentro, pero eso ya estaba antes.
La comida fue lo cuarto. Cuando me preguntan de nuestra dieta yo digo que el argentino como tres cosas y después rota alrededor de eso: carne, pizza y pasta. Carne: asado, milanesas, carne al horno, empanadas de carne, pollo de rotisería, cerdo. Aumentó la carne pero vi góndolas de veinte metros en los supermercados con cortes que no podría describirles a un inglés. De vez en cuando arroz. De vez en cuando puré. Ensaladas para los que comen. Y listo. No hay comidas étnicas, sushi es lo más exótico y solo para billeteras pudientes, armenia para mi familia fanática de Sarkis, china para los osados. No hay comida india, turca, vietnamita, ganesa, rusa o libanesa. No hay trigo burgur en los supermercados, tortillas mexicanas, salsas picantes caribeñas o curries pakistaníes. Comer afuera sale lo mismo que en Londres pero se come más, porciones más grande, servicio de mesa incluído. El vino es más barato y mucho mejor. El café tiene la medida correcta. No existe el café doble porteño en Europa, tampoco el jarrito claro está. Expresos diminutos, enormes capuchinos o aguados café americanos. Feliz en cualquier esquina que me servía un café doble negro y espeso, un juguito de naranja y un perfecto vasito de soda fría. Con medialunas te fajaban 18 mangos, pero bien gastados.
Quinto, la noche. La maravillosa noche de verano. Acá muere todo entre la una y las tres. A las once y media los más flojos ya vuelven a sus casas: son los avejentados que en Buenos Aires se retiran después de cenar. Con los chicos, a las dos seguíamos empinando fernet. Cambiamos de bar con terraza, a esquina y después a otro bar. Me costó re-acostumbrarme pero cuando me acosté a las 6.30 de la matina ya había entendido como venía la mano. Excelente. Excelentes también los after offices: esa manifestación mezcla de lo burgués, lo pretencioso, la desesperación y la fraternidad. Tan fuera de comparación con los pubs ingleses y su falta de espíritu jovial, que más allá de su perfecta cultura urbana no ofrecen más que el confort de estar en pedo mientras el cielo de deshace en llantos y afuera el viento hiela la piel.
Quinto bis: vi mas bicicletas por Buenos Aires. Eso es algo bueno. Las bicis públicas me parecen una estupidez, apenas menos estúpida que la idea de llamarlo ‘Bicing’, pero más bicis es bueno.
Una semana después ya estaba de vuelta. Rodeados de mis eternos amigos y mi familia, inmerso en esa urbe increíble que es Buenos Aires, la ciudad que después de haber dado la vuelta por medio mundo, todavía se me muestra tan atractiva como antes, tan llena de esperanzas como de tragedias, una ciudad que es un quilombo en un país que es un quilombo. Pero una ciudad viva, que bulle, que se me hace real, que alberga a quienes amo, que está lejos, muy lejos y no lo sabe, pero a su vez, que bueno que está lejos y que no lo sepa. En un país extenso, vacío, grande como toda Europa, donde todavía, a veces quiero creer, todavía hay personas y cosas por las que luchar y aspirar.
Como es habitual la respuesta no se aloja en ninguna de las alternativas. Luego de un desagradable viaje a casa lleno de preocupaciones, y perdiendo las valijas de la misma manera que dos años y tres meses atrás en nuestro trayecto de ida, llegamos a tierras rioplantenses. Sin embargo el primer reencuentro con algo olvidado no se produjo en la interminable Buenos Aires, sino en la pueblerina Montevideo unas horas antes. El brillo de sol, de ese sol de mediodía de enero encendido como un reflector en línea recta a nuestras cabezas, me deslumbró. Un día claro, perfectamente celeste, infinito, puro, solo era interrumpido por esa fulgurante aura clavada en el centro. Fue exactamente la sorpresa que se sienta al poner un foco más potente en una vieja lámpara y descubrir nuevos tonos y colores, como cuando se escucha música en auriculares de alta calidad y se notan instrumentos y acordes ocultos, armónicos que se entrelazan en un fondo antes inexistente. Así fue: había vivido dos años y tres meses bajo una lámpara de 20 watts de bajo consumo y de repente alguien encendió un reflector.
El segundo evento se produjo al segundo día de haber pisado, ahora sí, tierras porteñas. Caminaba por Santa Fe cerca de Juan B. Justo, a metros de Plaza Italia y a cuadras del departamento que nos habían prestado. Me impactó el volumen del ruido en la calle. Está bien que esa zona no se caracteriza por su silencio, pero esto era distinto. Colectivos con motores rugientes y caños de escape escupiendo humo oscuro como dragones fumadores, taxis y conductores impacientes que tocan bocina ante cualquier detalle, conversaciones a todo volumen, el tren en el fondo pasando por puente Pacífico, motos, gritos, una conjunción de sonidos subidos de escala. Londres es silenciosa. Hay tráfico, mucho por momentos, pero los sonidos son chatos, modestos, tímidos. Los colectivos son nuevos y solo emiten un zumbido discreto, lo taxis no corretean, nadie siquiera piensa en tocar la bocina. La gente conversa pero por lo bajo, a lo inglés (a menos que sea de noche y estén ebrios, ahí sí se grita, se canta y se empuja). El día anterior a la vuelta ví el medidor de ruido de la calle ubicado frente al Malba: en ningún momento el primer nivel, verde, dejaba de estar completo, y oscilaba sobre el amarillo intermedio: estoy seguro de que haber sido calibrado aquí bailaría en el rojo.
Esas fueron las principales sorpresas. Lo tercero fueron los precios. Ya acostumbrado a pensar en libras esterlinas, sin dólares ni pesos, y con la memoria de los valores del 2008, me tomó un par de días darme cuenta del impacto de la inflación. El billete de dos pesos se había vuelto una pseudo-moneda, y sin la resistencia del metal, andan ahí, todos arrugados y deshechos. Un alfajor a cinco pesos. Un café a ocho. Nadie vacila ya en cambiar cien pesos, otro evento curioso que me sorprendió cuando atemorizado entraba a comprar tarjetas telefónicas a los quioscos. Ya me habían avisado igual pero no deja de llamar la atención: en muchas cosas Londres ya no parece tan caro y hasta puede ser más barato: la leche sale en doble en el país de las vacas que en la isla estrecha, la ropa, las zapatillas, las cervezas artesanales. No conseguí jugo Tropicana y ya no se vende Guinness ni siquiera en los bares irlandeses. En transporte aumentó pero sigue siendo regalado, y curiosamente, viajar en taxi se mantenía en niveles ligeramente superiores a lo que yo recordaba. Esto me preocupa bastante. Se hizo claro lo volátil e impredecible que se vuelven los costos. Comparado con Argentina los precios acá son más predecibles, casi todo sale más o menos lo mismo, lo barato se entiende barato, lo caro se reconoce como caro. Y así se mantiene. Después me sorprendieron los mercados en la calle: Florida ya se hace más latinoamericana con la gente vendiendo boludeces a lo largo y ancho, también pasa sobre Callao y nadie se sorprende. Otra cosa a estar atento: es un síntoma de algo que se cocina y no huele muy bien. Tampoco huele bien la basura en el microcentro, pero eso ya estaba antes.
La comida fue lo cuarto. Cuando me preguntan de nuestra dieta yo digo que el argentino como tres cosas y después rota alrededor de eso: carne, pizza y pasta. Carne: asado, milanesas, carne al horno, empanadas de carne, pollo de rotisería, cerdo. Aumentó la carne pero vi góndolas de veinte metros en los supermercados con cortes que no podría describirles a un inglés. De vez en cuando arroz. De vez en cuando puré. Ensaladas para los que comen. Y listo. No hay comidas étnicas, sushi es lo más exótico y solo para billeteras pudientes, armenia para mi familia fanática de Sarkis, china para los osados. No hay comida india, turca, vietnamita, ganesa, rusa o libanesa. No hay trigo burgur en los supermercados, tortillas mexicanas, salsas picantes caribeñas o curries pakistaníes. Comer afuera sale lo mismo que en Londres pero se come más, porciones más grande, servicio de mesa incluído. El vino es más barato y mucho mejor. El café tiene la medida correcta. No existe el café doble porteño en Europa, tampoco el jarrito claro está. Expresos diminutos, enormes capuchinos o aguados café americanos. Feliz en cualquier esquina que me servía un café doble negro y espeso, un juguito de naranja y un perfecto vasito de soda fría. Con medialunas te fajaban 18 mangos, pero bien gastados.
Quinto, la noche. La maravillosa noche de verano. Acá muere todo entre la una y las tres. A las once y media los más flojos ya vuelven a sus casas: son los avejentados que en Buenos Aires se retiran después de cenar. Con los chicos, a las dos seguíamos empinando fernet. Cambiamos de bar con terraza, a esquina y después a otro bar. Me costó re-acostumbrarme pero cuando me acosté a las 6.30 de la matina ya había entendido como venía la mano. Excelente. Excelentes también los after offices: esa manifestación mezcla de lo burgués, lo pretencioso, la desesperación y la fraternidad. Tan fuera de comparación con los pubs ingleses y su falta de espíritu jovial, que más allá de su perfecta cultura urbana no ofrecen más que el confort de estar en pedo mientras el cielo de deshace en llantos y afuera el viento hiela la piel.
Quinto bis: vi mas bicicletas por Buenos Aires. Eso es algo bueno. Las bicis públicas me parecen una estupidez, apenas menos estúpida que la idea de llamarlo ‘Bicing’, pero más bicis es bueno.
Una semana después ya estaba de vuelta. Rodeados de mis eternos amigos y mi familia, inmerso en esa urbe increíble que es Buenos Aires, la ciudad que después de haber dado la vuelta por medio mundo, todavía se me muestra tan atractiva como antes, tan llena de esperanzas como de tragedias, una ciudad que es un quilombo en un país que es un quilombo. Pero una ciudad viva, que bulle, que se me hace real, que alberga a quienes amo, que está lejos, muy lejos y no lo sabe, pero a su vez, que bueno que está lejos y que no lo sepa. En un país extenso, vacío, grande como toda Europa, donde todavía, a veces quiero creer, todavía hay personas y cosas por las que luchar y aspirar.

Comentarios
Buena pintura, camarada.
Abrazo,