Y ahora....Londres.
Es muy raro todo. Surreal por momentos. Uno deja atrás el lugar que llamó casa por un año, un lugar que otro año atrás no hubiese ubicado en el mapa, mete sus pocos bienes y sueños en un coche, maneja cuatro horas hacia el sur (por la izquierda y cruzando medio país), se adentra en una ciudad desconocidad, en un barrio como cuaquier otro lleno de etnias y acentos extraños, de costumbres y caras inconmensurables, la Londres real supongo, no la que uno ve cuando visita de turista. Y así finalmente se llega a una nueva dirección, a una nueva casa en la uno se adentra como se adentra un explorador en una tierra virgen, ignorando los peligros como las riquezas que se esconden detrás de carteles, calles y rostros. Al menos a mí, y creo que a Romi también, el cambio de vuelta a lo urbano, particularmente a una urbanidad extrema y tan heterogénea como la londinense, fue un pequeño e incómodo golpe. Los primeros dos días fueron duros. La casa casi vacía daba a nuestra lejanía, novedad y soledad un aire gris como el cielo británico y un tinte patético como la alfombra gastada que cubre el suelo. Pero ya con un poco de buen humor, optimismo y compras mediantes la nueva puerta se volvió una nueva casa, y este barrio ecléctico comienza a ser nuestro barrio. De a poco las nuevas rutinas que dan sentido al día a día se empiezan a revelar. Aparecen trámites, colectivos, vecinos. Se integra el pub de la esquina con el resto de las sorpresas de una ciudad que sin duda ebulle por los costados dando la apariencia de un reviente inminente. Hoy romi se registró en el LSE. Yo comienzo a dar clases el viernes ignorando todavía rostros y contenidos. Se vislumbran algunas personas pero todavía todo es un cambalache, un fondo dinámico que se agita y pasa ocupado en su cotidianeidad. Ya llegaremos. En el horizonte se dibuja siempre Buenos Aires, sus olores, sus pizzerías, sus cafés dobles, justos, acompañados por el vasito de agua, el asado del domingo en la casa de los viejos inundando la cuadra desde que uno se baja del colectivo en la esquina, las caminatas con amigos por las sombras porteñas que nos protegen y atemorizan a la vez. Hoy aquí, mañana y siempre allá.

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